Sentados en la plaza que bordea el canal. Así los descubrí. La gente pasaba corriendo por sus costados, era de noche, pero no tanto. Todavía se movían las cosas, todavía había ruidos, colectivos en la parada y gente esperándolos. Pero a ellos no parecía importarles. Estaban quietos y se miraban, como si no hubiese tiempo ni aire entre los dos. Ella, un poco más grande que el, lo miraba desde su pelo rubio, con la mirada llena de vida, años, experiencia. Tenía de esos rostros que la vida ha hecho más viejos que la edad que aparentan. Él, en cambio, la buscaba. Como para contenerla, abrazarla, cuidarla, pero sin tocarla, como si su ser fuese más grande que su cuerpo.
Al notarlos, reduje mi andar. Anduve de a poco, más despacito, sorprendida. Inmóviles como estatuas, pero con más vida que cualquier otro que pasaba al rededor. Largos minutos, sin decirse palabras, sin cambiar... hechos de hielo...
Aunque ellos parecían no medirlo, y por eso tener más tiempo que todos, a mí el reloj me corría. Poco podía hacer más que seguir caminando y cruzar la plaza. Sé que se movieron, que siguieron con sus cosas y se fueron no sé a dónde. No estaban cuando volví, horas más tarde, ya de noche, ya sin vida en esa plaza larga y fría.
No hay comentarios:
Publicar un comentario